Usted conoce perfectamente el valor de la vida salvaje y de los parajes de gran belleza. Por eso está visitando este sitio.
¿O quizás no lo conozca tan bien? Desde luego, yo no. Por lo menos, no en un sentido de valor económico.
Supongamos que alguien pusiera precio al oxígeno que generan las selvas tropicales. Al carbono que absorben. Al agua que purifican. ¿Cuál sería el precio que tendríamos que pagar si las perdiéramos?
¿O qué sabemos del valor de la biodiversidad que contienen? ¿Y de todas las ventajas que las plantas tropicales proporcionan, como por ejemplo, nuevos medicamentos? Y aún es más difícil valorar los parajes hermosos como lugares de disfrute, poner un precio a la felicidad y bienestar que nos proporcionan.
Espere. ¿Por qué tendríamos que ser tan pragmáticos? ¿Por qué no relajarnos y disfrutar de todo esto, dejando a un lado el cinismo de ponerle precio a todo?
No, no podemos dejarlo estar. Dado que los mercados financieros son los que controlan en realidad el mundo, lo que no posea valor financiero será, literalmente, infravalorado.
De modo que, por ejemplo, una empresa maderera puede adquirir terrenos y talar árboles para obtener beneficios: una sencilla transacción financiera que no refleja con precisión lo ocurrido. Los madereros no han pagado a los habitantes de la zona, que pierden su agua. No han pagado a aquellos que sufren el cambio climático que provocan. No han pagado a aquellos que en el futuro podrían no sacar provecho de las ventajas de la biodiversidad.
De ahí la necesidad de fijar un valor económico. De este modo aumentaría el precio de talar selvas tropicales. Y el ritmo de la destrucción forestal se vería ralentizado a causa del mercado. Y no sólo las selvas tropicales pueden aprovecharse de este enfoque. Simplemente las estoy utilizando como ejemplo. De igual modo, sin valores mensurables ¿cómo puede un gobierno tomar decisiones con fundamento sobre, por ejemplo, la construcción de una presa o establecimiento de una nueva ciudad?
Esta emergente ciencia económica se denomina "servicios de ecosistemas". Implica establecer un valor de los beneficios que ofrece un ecosistema. Se trata de un proyecto de gran envergadura. La ONU patrocinó a la organización
Evaluación de los ecosistemas del milenio y recopiló datos que les enviaron 1.360 especialistas durante cuatro años, con un coste de 24 millones de dólares.
Como resultado, el Ministerio británico de Medioambiente, Alimentación y Asuntos rurales está
patrocinando dicho proyecto en el Reino Unido, lo que debería permitir una toma de decisiones equilibrada sobre el medio ambiente y la fauna salvaje. El
Servicio forestal del Departamento de Agricultura de EE. UU. está haciendo lo mismo.
Pero que los gobiernos sopesen servicios de ecosistemas a la hora de tomar decisiones es sólo el comienzo. El comercio mundial es con frecuencia más poderoso que los propios gobiernos. Cuando las empresas empiecen a pagar por sus efectos medioambientales externos, es posible que las cosas cambien.
Bueno, algunas empresas ya están apostando que así será. En un desarrollo pionero este mes, una empresa privada,
Canopy Capital, invirtió en la
selva tropical de Guyana. No ha comprado la selva, pero tiene el derecho de disfrutar de un porcentaje del valor de las ventas futuras de servicios de ecosistemas. La gran mayoría (un 80%) del beneficio se destinará a las tribus indígenas. Esto supone que los accionistas contarán con un incentivo financiero para conservar el ecosistema, en lugar de venderlo para fines de explotación destructiva.
Aunque nadie sabe muy bien cómo se comercializarán los servicios de ecosistemas. Pero el hecho de que los capitalistas estén planteándose esta cuestión indica un gran cambio. Intentar apelar a la bondad de las empresas para salvar el medio ambiente no es una solución. Las normativas no han dado buenos resultados. Puede que se necesite un mercado para cambiar otro mercado.
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